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¿Siempre corriendo? Por qué vivimos así y cómo empezar a cambiarlo

Vivir siempre corriendo se siente inevitable, hasta que algo nos hace parar y preguntarnos si realmente necesitamos seguir así. Una reflexión sobre por qué sostenemos dinámicas que no nos hacen bien y cómo empezar a elegir diferente.

Hace años que acompaño a personas en procesos de cambio, y hay una frase que escucho una y otra vez: “Es que no tengo tiempo.” Pero cuanto más la escucho, más me pregunto si el problema es realmente el tiempo, o la dinámica en la que estamos metidos.

Me pasa que hay momentos en los que siento que todo fluye. Que encontré una especie de danza logística perfecta en la que todo encaja, llego a todo y hasta me queda espacio para respirar.

Y de repente, se me cae todo.

A veces me pasa cuando estoy poco alineada conmigo misma y empiezo a exigirle al tiempo más de lo que el tiempo me puede dar. Tengo el día atado con alambres: todo depende de que cada cosa salga como estaba prevista. Si algo se mueve, se desarma el resto.

Y a veces, efectivamente, algo se mueve.

Creo que no hay nada malo en eso. La vida también es esto: épocas en las que toca hacer malabares, llegar como podemos y acomodar las cosas sobre la marcha.

El problema aparece cuando vivir así deja de ser una excepción y se convierte en la norma. Cuando sentís que siempre estás corriendo de acá para allá, que llegás tarde a algún lado, que por más que hagas nunca terminás de alcanzar el día. Esa sensación de estar permanentemente corriendo de atrás puede ser agotadora. A mí, al menos, me genera mucha ansiedad.

Y entonces me pregunto: ¿cómo llegamos a permitir que esa dinámica se vuelva nuestra forma habitual de vivir?

Hace poco, una amiga me contaba que con su pareja habían hecho un cambio en la organización familiar. Un ajuste que les estaba trayendo mucha más calma y haciendo que el día a día fluyera mejor.

Me dijo: “No entiendo cómo tardamos tanto en hacer este cambio.”

Ellos ya veían que algo no funcionaba. Sabían que esa dinámica no les estaba haciendo bien. Pero estaban tan metidos en las corridas de todos los días que ni siquiera encontraban el espacio para parar y revisar cómo estaban haciendo las cosas.

Y ahora, después de un ajuste que quizás parecía pequeño, todo lo sienten diferente.

Me hizo pensar en cuántas veces nos pasa algo parecido. Estamos tan ocupados llevando una dinámica que no funciona que no encontramos el tiempo para cambiarla.

Seguimos corriendo porque no tenemos tiempo para parar. Seguimos haciendo malabares porque no podemos frenar a revisar por qué necesitamos hacer tantos malabares.

Hasta que, a veces, encontramos un pequeño espacio para mirar las cosas de otra manera y nos damos cuenta de que no necesariamente necesitábamos seguir por ahí. Quizás necesitábamos hacer algo diferente.

Es verdad que no siempre podemos cambiar todo lo que nos exige la vida. Hay responsabilidades, imprevistos y momentos en los que toca hacer lo que se puede. Pero quizás sí podamos empezar a revisar algunas de las dinámicas que estamos sosteniendo y preguntarnos si todavía tienen sentido para nosotros.

¿Y si no necesitamos vivir corriendo para llegar a todo, sino aprender a elegir a qué llegar?

Si este tema te resuena, los martes comparto una serie entera sobre nuestra relación con el tiempo: por qué se siente como se siente y qué podemos hacer diferente. Podés seguirme en LinkedIn o Instagram para no perderte los próximos posts.

G·

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