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Hablamos mucho de bienestar, pero ¿qué pasa con nuestro tiempo?

En los últimos años, el bienestar empezó a ocupar un lugar cada vez más importante en nuestras conversaciones. Hablamos de salud física y mental, de alimentación, de actividad física, de descanso, de vínculos, de autocuidado. Tenemos más información, más herramientas y más conciencia sobre la importancia de prestar atención a cómo nos sentimos y cómo vivimos.

Y me encanta que sea así.

Hoy sabemos que movernos nos hace bien, que descansar es necesario, que cuidar nuestros vínculos importa y que tener espacios propios también forma parte de una vida saludable. Sabemos mucho más sobre las cosas que contribuyen a nuestro bienestar.

Pero hay algo que me pregunto cada vez más: ¿cuánto hablamos de la manera en la que vivimos nuestros días y de cómo gestionamos nuestro tiempo?

Porque creo que nuestra relación con el tiempo es una de las condiciones de base del bienestar. Antes de pensar en todos esos hábitos que queremos incorporar, necesitamos mirar cómo estamos viviendo y qué lugar tiene nuestro tiempo en esa vida.

Antes de los hábitos, el tiempo

Siempre tuve una relación bastante particular con el tiempo. Me gusta ser eficiente, resolver y organizarme. Durante mucho tiempo, mi motivación para hacerlo fue justamente tener más tiempo libre: terminar mis tareas, aprovechar bien las horas de trabajo y poder dedicar tiempo a otras cosas que también quería hacer.

En mi experiencia en entornos corporativos, muchas veces me encontré con agendas llenas, reuniones que ocupaban buena parte del día y prioridades que iban cambiando sobre la marcha. Y algo que siempre tuve claro es que no quería sentirme víctima de mi propia agenda. Quería tener cierto margen para decidir sobre mi tiempo y no vivir simplemente respondiendo a todo lo que aparecía.

Con los años fui entendiendo que gestionar el tiempo es una forma de conocernos: reconocer nuestras prioridades, entender nuestros ritmos, saber qué necesitamos y decidir qué lugar queremos darle a cada cosa.

Y esto, para mí, está directamente relacionado con el bienestar.

Podemos saber perfectamente que necesitamos movernos, descansar, cuidar nuestros vínculos o dedicar tiempo a algo que disfrutamos. Saberlo es el primer paso. El segundo es encontrar cómo hacerle lugar en nuestros días, y ahí suele estar la dificultad: cuando vivimos corriendo de atrás, con la cabeza puesta en todo lo que quedó pendiente, el bienestar queda siempre para después.

Y esta relación también aparece en la investigación. La investigación sobre pobreza de tiempo viene señalando justamente esta relación: sentir que tenemos demasiadas cosas por hacer y poco tiempo disponible se asocia con menores niveles de bienestar y peor salud física. Un estudio publicado en Nature Human Behaviour en 2020 revisó esta problemática y planteó la importancia de prestarle mucha más atención, tanto desde las personas como desde las organizaciones y las instituciones.

Otra investigación de Sharif, Mogilner y Hershfield, publicada en 2021, encontró que disponer de muy poco tiempo libre se relaciona con menores niveles de bienestar, en parte por el estrés que genera esa escasez. Con mucho tiempo libre también observaron menor bienestar, sobre todo cuando ese tiempo se pasaba en soledad o en actividades poco productivas. Cuando se usaba para compartir con otras personas o para algo que se sentía productivo, esa caída no aparecía. En sus resultados, un nivel moderado de tiempo libre se asociaba con más bienestar.

Lo interesante es que esta conversación nos invita a mirar cómo estamos experimentando nuestro tiempo y cuánto margen sentimos que tenemos sobre él. Una agenda llena se vive distinto cuando elegiste cómo ocuparla que cuando todo te viene impuesto. Recuperar cierto margen de decisión sobre las horas que ya tenemos puede cambiar tanto como tener más horas libres.

Cuando el bienestar se convierte en otra lista de pendientes

A veces tengo la sensación de que, en el intento de vivir mejor, terminamos acumulando cada vez más cosas por hacer.

Hacer ejercicio, comer saludable, dormir ocho horas, meditar, leer, pasar tiempo con amigos, dedicar tiempo a la familia, aprender algo nuevo, tener un hobby, desconectar de las pantallas, salir a caminar...

Todas son actividades que pueden aportarnos muchísimo. Pero cuando empezamos a vivirlas como una lista de requisitos que deberíamos cumplir para sentir que nos estamos cuidando, algo se empieza a desvirtuar.

Porque cada una de esas actividades necesita tiempo y energía. Y ese tiempo tiene que salir de algún lado.

Podemos sumar hábitos, pero también necesitamos preguntarnos cómo integrarlos a nuestra vida. Qué estamos dispuestos a reorganizar, qué otras cosas ocupan nuestros días y qué estamos dejando para después.

De lo contrario, el bienestar puede terminar convirtiéndose en otra exigencia: una lista más de cosas que deberíamos hacer y que se suma a todas las demás.

Gestionar el tiempo también es conocernos

Para mí, gestionar el tiempo empieza por desarrollar conciencia sobre cómo lo estamos usando.

¿En qué se nos están yendo las horas? ¿Qué cosas ocupan nuestros días, incluso cuando no las elegimos conscientemente? ¿Qué lugar tienen las cosas que nos importan? ¿Cuánto de nuestro tiempo responde a nuestras decisiones y cuánto a las demandas de los demás o de nuestro entorno?

Son preguntas que requieren detenernos y observar.

También requieren reconocer que no tenemos tiempo ni energía ilimitados. Que hay momentos en los que algunas prioridades van a ocupar más lugar que otras. Que elegir implica renunciar y que no todo puede suceder al mismo tiempo.

Gestionar nuestro tiempo es tomar decisiones más conscientes sobre cómo queremos vivirlo. Es dejar de responder automáticamente a cada demanda y empezar a construir una organización que contemple nuestras necesidades, nuestros objetivos y nuestras posibilidades reales.

Por supuesto, hay circunstancias que condicionan ese margen de decisión. Las responsabilidades familiares, las tareas de cuidado, las condiciones laborales, los horarios y los recursos disponibles también influyen en cómo vivimos nuestros días. No todas las personas tienen las mismas posibilidades de organizar su tiempo.

Pero justamente por eso es importante mirar nuestra realidad, reconocer qué podemos cambiar y dónde necesitamos revisar las condiciones que nos rodean.

¿Cómo queremos vivir nuestros días?

Creo que necesitamos ampliar la conversación sobre bienestar para que incluya nuestro tiempo.

Además de preguntarnos qué hábitos queremos incorporar, necesitamos preguntarnos cómo estamos viviendo. Qué lugar tienen las cosas que nos importan, cuánto espacio encontramos para descansar, disfrutar, compartir y hacer algo porque sí. Y cuánto margen sentimos que tenemos para decidir sobre nuestros propios días.

Con una relación más consciente con nuestro tiempo, podemos tomar decisiones y construir una vida que tenga sentido para nosotros, aun en semanas desordenadas y con rutinas que cambian.

Porque el bienestar también está en cómo transitamos nuestros días: disfrutar lo que hacemos, estar presentes y sentir que tenemos espacio para lo que nos importa.

Gestionar el tiempo es construir una manera de vivir donde las cosas que nos importan tienen lugar.

Y para empezar, te dejo una pregunta: ¿cómo estamos viviendo nuestros días y qué necesitamos mover para vivirlos mejor?

Fuentes

  • Giurge, Whillans y West (2020). Why time poverty matters for individuals, organisations and nations. Nature Human Behaviour. https://www.nature.com/articles/s41562-020-0920-z
  • Sharif, Mogilner y Hershfield (2021). Having Too Little or Too Much Time Is Linked to Lower Subjective Well-Being. Journal of Personality and Social Psychology. Resumen de la APA: https://www.apa.org/news/press/releases/2021/09/too-much-free-time

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